Lo que he aprendido de los que (dicen que) saben

Llevo casi cinco años trabajando entre arqueólogos, restauradores y otros profesionales del patrimonio como técnico de apoyo en sus trabajos.

Desde siempre he mantenido escrupulosamente la respetuosa distancia que la ignorancia exige y recomienda. Especialmente cuando formas parte de múltiples equipos interdisciplinares en el que cada uno asume sus responsabilidades en función de sus competencias. Desde luego, he aprendido mucho de muchos grandes profesionales.

Intento ser agradecido y sirvan estas letras para reconocer la paciencia que han tenido conmigo todos ellos. No podría citarlos: es una larga lista de grandes profesionales que me han introducido en lo más básico de su profesión y que, poco a poco, hacen de este animal con ropa un personaje medianamente preparado para compañarles.

Y tampoco está de más hacer, en la tranquilidad y serenidad del sofá de casa, este breve y jocoso repaso de lo que he aprendido de los que se dicen grandes, de los que dicen que saben, y compartirlo con vosotros. Comencemos: solo son veinticinco puntos.

  1. Cualquier ley, norma o procedimiento está para que lo saltes al antojo propio. Sean legales o sean de convivencia. Y, además, haces que quienes las respeten, lo paguen caro por ir por el libro.
  2. Si te tienes que ausentar de tus obligaciones y otro compañero asume tus funciones, haces la transición lo más difícil posible.
  3. Durante cualquier período de ausencia obligada del puesto de trabajo, acudes a él con nocturnidad y alevosía para molestar al máximo a quien tiene el marrón reto de sustituirte.
  4. Aprovechas cualquier ocasión para verter todo tipo de falsedades sobre el trabajo de quien asume sus responsabilidades bajo las instrucciones de su superior, contra quien también cargas por asumir sus correspondientes responsabilidades.
  5. Pides, y simplemente porque se te antoja, la cabeza de todo aquél que se te antoje por el mero hecho de que se te antoja o no baila tu música.
  6. Esperas al resultado de las elecciones más cercanas para presentarte en la sede del partido ganador, unirte a la fiesta, darte a conocer y ofrecer tu fiel y leal servicio. Pero bajo tus intereses, claro está.
  7. Siempre que sea posible, desacreditas, llegando al insulto, a cualquiera quien trabaje, durante tu ausencia, en lo que consideras tuyo, lo sea o no.
  8. Te haces con un gropúsculo de pseudoprofesionales que te apoyen (a cambio de) y ayuden a hacer ruido. El bozal de pan es el método de trabajo.
  9. Te alías con los débiles para intentar debilitar a los fuertes con todo tipo de faltas de respeto personal. La educación es lo último que se tiene y cuanto más maleducado sea el débil, mejor te viene para tus intereses que, entre otros, son pasar por sabio elocuente.
  10. No importa lo bien o lo correcto que sea el trabajo de los demás: siempre será una mierda tendrás algo que decir y jamás reconocerás ni tu error ni los éxitos de otros.
  11. Si regresas a tu puesto, dedicas todo tu esfuerzo a deshacer la labor profesional de los demás en tu ausencia independientemente de lo necesaria, justa o bien hecha que estuviera. Eso da igual: simplemente, no lo hiciste tú y, por lo tanto, no es buena.
  12. Profieres todo tipo de insultos y proclamas falsas ante todos y cada uno de quienes crees que puedes convencer para acabar con quien quieres acabar tú, tanto en tu propio entorno como donde se te ocurra. El fin justifica los medios.
  13. Te apropias de las ideas de los demás como si fueran tuyas. Y para que lo parezcan, las vistes con demagogia. De esta forma, el día que vayan de ser estudiadas y desarrolladas, además, podrás acusar de plagio o de robo o cosas peores.
  14. Extravías expedientes o partes para bloquear las tramitaciones que no te gustan. Y sin consecuencias para ti, aunque aquéllos que te hicieron los favores queden en situación comprometida. Y, por supuesto, no cumples con tus obligaciones más básicas.
  15. Te apuntas todos los tantos públicos y privados que puedes con tal de que no los reciba quien es merecedor, especialmente los de los demás, por lo que procuras hacerte presente como niño en todos los bautizos.
  16. Usas todos los medios de comunicación a tu alcance para dañar a todo el que se atreve a discutir tus verdades o se interpone en tus intereses y los de tu gropúsculo.
  17. Proyectas tus defectos en los demás acusándoles de cometer las tropelías que tú cometes, que comentas alegremente en las redes sociales como si fuera la forma habitual de trabajar, riéndote de los que tienen interés en hacer las cosas indudablemente bien.
  18. Si por cualquier circunstancia eres apartado de tu trabajo, haces caso omiso y sigues yendo y actuando como si nada sucediera. Y, por supuesto, continúas dañando porque, a estas alturas del listado, ya es lo natural en tu proceder.
  19. Accedes constante a información confidencial de terceros sin permiso, vulnerando todas las barreras y limitaciones que te encuentras, estudias y retuerces bajo tus intereses los datos para usarlos y desacreditar a quien quieres sacar del medio para acabar la publicando aquéllo que mejor te convenga, lo que además provoca un nuevo retraso en los trabajos normales y naturales que, por supuesto, vuelves a usar para descalificar a quienes llamas incompetentes sin serlo provocándoles un ciclo prácticamente de autodestrucción.
  20. Das a conocer, siempre bajo tu perspectiva, ignorante de la realidad y sin contrastar fuentes, todo aquéllo que quieres cuando quieres y como quieres, propio o ajeno, independientemente de los planes y trabajos que otros pudieran estar llevando a cabo. Si te favorece, es tuyo y haces lo quieres.
  21. No te afecta ni sufres consecuencia de ninguna clase de denuncia de ningún tipo por tus actos y actuaciones. Eres impune. Y tu impunidad se refuerza con el apoyo implícito de tus amigos en el poder.
  22. Te permites el lujo de denunciar como delictivo en los juzgados y en defensa del patrimonio propio el buen trabajo de los demás con el único objetivo de causar mayor daño sin medir ninguna clase de consecuencia bajo el principio para lo que te queda en el convento…
  23. Careces de perspectiva para distinguir la verdad, la mentira, lo bueno y lo malo pero lo haces. De hecho, no te interesa tener esa perspectiva: vas a lo tuyo y por lo tuyo, cegado, por lo que la verdad, la mentira, lo bueno y lo malo es lo que tú dices. Y si alguien te contradice, gritas, porque al gritar demuestras tener más razón.
  24. El respeto es lo que exiges, pero es lo último que practicas. La educación, al mismo nivel. El insulto en tu boca es la norma.
  25. Usas tu prestigio para conseguir que cualquiera acabe dando por bueno cualquier palabra que pronuncias o publicas por encima de su valor real: si tú lo dices, así será.

Todo lo anterior, al fin y al cabo, se resume en una sola idea: bailarán mi música o tragarán el instrumento.

Corolario: los pactos entre caballeros no se cumplen. No por incumplir el pacto, sino porque los que se creen caballeros no lo son tanto.

Y como yo no sé bailar (apenas sé juntar letras y, en ocasiones, compartirlas con vosotros) aquí estoy, delante del instrumento, sin intenciones ningunas de tragarlo pese a las muchas manos interesadas que están empujando para que entre.

PD: Si bien está basado en hechos reales (y tristemente muy reales), entiéndase bien. De hecho, pasado el cuarto párrafo este texto es un poco una terapia psicológica: en algún sitio hay que soltarlo. Y, probablemente, me he dejado cosas en el tintero. En el peor de los casos, estimado lector, añade, donde fuera procedente, los términos “presuntamente”, “supuestamente” y otros de similar uso. Este escrito no pretende ser más que lo que es: la reflexión más desagradable del aprendizaje personal de estos últimos años de modo que, si en algún momento creyeras que hablo de ti permíteme un último consejo no pedido ¿qué tal si, en lugar de ghoder despotricar, cambias de actitud de una puñetera vez?

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