Ese maravilloso reto de definir una ciudad en sus barrios (2): criterios de división

Se me ha cruzado la época estival en el medio, por lo que voy con retraso en las publicaciones y, bueno, no está de más empezar por recordar que en el anterior escrito sobre el tema os comentaba las razones por las que, de forma muy en general, podría interesar controlar y delimitar el territorio bajo ciertos criterios teóricos y poder realizar así una subdivisión de ese todo continuo que facilite las diferentes formas de control, gestión y organización.

El asunto, hasta aquí teóricamente evidente, comienza a complicarse cuando se entra en esa especie nebulosa de las divisiones de una ciudad sobre un mapa o plano. Su necesidad, efectivamente, es tan práctica como organizativa y administrativa, pero su concreción en un mapa definitivo, definitorio e incluso vinculante, es mucho más compleja de lo que, aparentemente, pudiéramos pensar. Especialmente a medida que bajamos al detalle.

Y, probablemente ese sea el primer problema al que nos enfrentemos: el cuánto; es decir, ¿cuánto puedo detallar? ¿Cuánto de pequeños puedo llegar a hacer las delimitaciones? ¿Y cuánto de pequeño quiero que lleguen a ser? ¿Y cuánto necesitan ser?

Distritos de Madrid Fuente: Wikipedia

Responder a esta pregunta de una forma sistematizada es lo que nos podría lleva a hablar de distritos, barrios o lugares en las ciudades, ámbitos que, de alguna forma, se aglutinan los unos dentro de los otros, lo que de facto se convierte en el segundo problema o condicionante en el desarrollo práctico: categorizar, clasificar, jerarquizar esas divisiones de forma coherente y uniforme, bajo principios únicos, comunes y objetivos.

Así pues, podríamos hablar de distritos como el primer nivel de subdivisión del territorio municipal; entender el segundo nivel con los barrios, los polígonos y las urbanizaciones, tres aglomeraciones de manzanas con mucho más en común urbanísticamente hablando de lo que a priori se podría pensar; y un último nivel en el que encontraríamos parroquias o lugares puntuales como plazas, parques o, simplemente, lugares de reunión o de tradición histórica, turística o administrativa, llegando incluso a poder ser edificaciones o construcciones.

En todo caso, se hace evidente es que, independientemente del grado de detalle, lo que se busca responder es a un mismo problema desde todo un abanico necesidades comunes, complementarias, suplementarias e interdisciplinares y a la vez. Y ese es el reto.

El listado de perspectivas desde las que se podría plantear el trabajo se me antoja infinito, y la necesidad de trabajar con condicionantes no cerrados y que, incluso, no solo sean variables sino que incluso aparezcan durante los propios trabajos, forma parte del propio desarrollo, ya que cada decisión que se tome desencadena no solo la siguiente, sino tantas veces el hecho de tener que replantearse decisiones pasadas.

En ese listado, seguramente infinito, deberían incluirse sí o sí necesidades como:

  • la territorial: distribuir y ordenar
  • la jurídica: gestionar las normas sobre las áreas delimitadas
  • la funcional: instrumento para gestionar competencias o servicios
  • la ciudadana: órgano de participación y cauce y medio de comunicación con gestores
  • la urbana: como área sobre la que realizar actuaciones y obras conjuntas
  • la comercial: ámbito de suministro y también de auto-suministrado
  • la social: entorno de relaciones humanas, educativas, sanitarias…
  • la comunicación: espacio de desplazamiento y flujo de personas
  • la histórica: marco de hechos y sensibilidades a lo largo del tiempo
  • … … … … …

En pocas palabras: no, esto no es una ciencia exacta.

Es, por tanto, un asunto al que hay que acercarse con la mente extraordinariamente abierta y muy lejos de corporativismos y tecnicismos que cegaran nuestra mirada. Y esta mente abierta es especialmente necesaria cuando en el análisis se llega a esas zonas que calificaríamos como rururbanas, esos entornos de tipología urbana rural pero que socialmente responden a un modelo ocupacional humano de carácter urbano, ya que en estos espacios es en dónde es más complicado definir límites específicos.

Porque del propio territorio es del que, a mi entender, deben de nacer los límites y responder así a las cicatrices que el tiempo y la actividad humana han producido sobre. Estas cicatrices, en las más de las ocasiones, tienen forma de vías de comunicación, tanto por su mayor presencia, como autopistas o autovías, como de menor o más sutil aparición, como caminos y veredas, pero que, de una forma o de otra, siempre marcan límite entre ambos márgenes de esa linealidad.

Así pues, en realidad resulta relativamente fácil observar, por ejemplo, desde situaciones tan simples como las que se pudieran dar en un área de límite expreso de ciudad, en el que encontraríamos edificaciones a un margen y solares fincas al otro; a otras, más complejas, como reconocer una trama urbana diferente a uno y otro lado, como respuesta a una evolución de las técnicas de construcción; o reconocer cuando las relaciones vecinales no cruzan una determinada vía o que la presencia de una barrera natural -como un desnivel- entorpecen la definición de esa unidad básica.

Todo esto y más, imposible de detallar todo, es lo que entra en un gigantesco bombo que, una vez bien agitado y trabajado, da sus buenos e interesantes frutos.

[Continuará]

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