Política, campañas, proyectos y el Plan E

Son días activos en las tierras de las políticas. Por un lado, vivimos pendientes de que, a nivel nacional, nos rescaten, decisión que -supuestamente- medita el Presidente del Gobierno. Incluso se ha dicho que se pediría tal rescate este fin de semana, coincidiendo con el partido FC Barcelona – Real Madrid que, cuando escribo, aún no ha comenzado. En clave más nacional, ya han sido varias las Comunidades Autónomas que han pedido el rescate a nivel estatal. Y la culpa, dicen, está en el despilfarro de los fondos públicos, en que se gastó lo que no se tenía, en la “herencia recibida”…

Además, tres autonomías históricas, Galicia, Euskadi y Cataluña, están inmersas en procesos electorales, planteados -erróneamente a mi parecer- como reválidas del mayoritario gobierno estatal de Madrid o de los gobiernos locales actuales, cada uno representando siglas políticas diferentes. Yo humildemente siempre he considerado adecuado mirar al futuro, que no al pasado, en procesos electorales como los actuales, pero la realidad es superior a mis fuerzas.

Y quienes somos simplemente ciudadanos y técnicos y trabajamos y vivimos con -o contra- la Administración, estos movimientos acabamos viéndolo como río revuelto, pero sobre todo con la incertidumbre que provoca en las empresas del sector de la ingeniería.

El Plan E

En el medio de estos movimientos se están publicando progresivamente diferentes resultados de actuaciones públicas de años pasados. Es el caso, por ejemplo, el informe del Tribunal de Cuentas sobre el Plan E, tal y como publicaba el diario El Mundo y se hacía eco Ingeniería en la Red en su blog -recomendable siempre- y en su cuenta de Twitter:

Permitidme algunos pensamientos. En origen, el Plan E creo que era una buena idea. En origen, en teoría, pretendía dinamizar, con fondos públicos, un sector que se estaba parando peligrosamente para la macro-economía nacional, apostando por obras públicas de mejora que incidieran en cuestiones tecnológicas, energéticas o medio ambientales y exigiendo condiciones laborales concretas para que el beneficio del plan llegara a la base del estado: los ciudadanos y los trabajadores. Independientemente de ideologías, creo que podemos debemos de reconocer que las intenciones eran buenas.

Entonces, ¿qué ha fallado? Pues a mi entender dos cosas: política y negocio.

Política, en primer lugar, porque la política es capaz de darle la vuelta a lo que no tiene vuelta y de buscarle cinco, seis, siete y hasta ocho patas al gato. En demasiados casos, los fondos que suministraba el Estado se usaron para hacer las obras que interesaban a los políticos locales. Políticos que no tenían porqué ser necesariamente del mismo color que el gobierno nacional. Y políticos a los que se les había puesto en las manos una cantidad de dinero importante para ser gestionada con la responsabilidad que de ellos se esperaba. Y, ¿lo hicieron? ¿Usaron un criterio objetivo de beneficio de sus ayuntamientos o, por contra, usaron un criterio subjetivo de inversión buscando el beneficio propio de su gobierno y de su partido político? ¿O más bien esos fondos se acabaron convirtiendo en armas electorales interesadas en contra de una determinada ideología política? Quizás el error no haya sido el Plan E en sí mismo, sino el plan en el que los gobiernos locales -algunos, tampoco condenemos a todos- decidieron invertir ese plan.

El otro punto sobre el que cargo las tintas a la hora de analizar los resultados del Plan E es el negocio. El negocio de las empresas que resultaban adjudicatarias de las obras. Me llama la atención que el 96% de los contratados al amparo de las condiciones de ese plan ya estén despedidos. Esta cifra viene significando que la intención de mejora y estabilidad de trabajadores que se pretendía con las inversiones no ha servido para nada. El Gobierno propuso y el empresario dispuso. Y significa también que,  en las empresas, antes que las personas, están los beneficios. Verdad universal de la gestión y administración de empresas del siglo XXI que, personalmente, no comparto, seguramente porque yo forme parte de esos trabajadores y no de los empresarios. O seguramente porque siga convencido de que el principal activo de una empresa fue, es, sigue siendo, y será, su capital humano, su personal.

La rentabilidad en las actuaciones públicas

Por último, una queja abierta a los criterios de rentabilidad que se pretenden aplicar a la obra pública y a la propia función pública. Simplemente, no proceden. Simplemente.

La obra pública es, por definición, deficitaria, y no se ejecuta buscando o esperando un beneficio y mucho menos económico. La rentabilidad en obra pública, entiendo, habrá que medirla en criterios de mejora general y social, dinamización de tejidos comerciales o industriales, recuperación de economías, seguridad en todos sus aspectos, criterios energéticos y medio ambientales en todos sus aspectos… Pero no en términos meramente económicos o de cuadratura de cuentas.

¿Cómo se valora la rentabilidad de la construcción de una mediana ajardinada que elimina un carril de circulación? ¿Por los ingresos recibidos? ¿Por la mejora ambiental y ciudadana? ¿Y cómo se valora la rentabilidad de la construcción de un pabellón polideportivo? ¿Por el cobro de los servicios que se puedan prestar en él o por los futuros éxitos deportivos internacionales de los niños alevines o benjamines que hoy estén usándolo? ¿Y la de una guardería? ¿Por los ingresos de las matrículas de los infantes que asisten a ella o por la capacidad productiva de los padres que pueden centrarse en sus tareas profesionales sabiendo que sus hijos están en buenas manos y en una buena instalación adaptada a las últimas necesidades de los peques?

La política, la obra pública o planes como el Plan E, a mi entender, no es algo que pueda medir o contabilizar con criterios de rentabilidad económica a los que, en estos tiempos, tantas cosas se reducen. Ni tampoco con los mismos criterios con los que un empresario valora la rentabilidad de su empresa, ni tampoco con los cortos plazos que el propio sistema político exige. Probablemente, de así hacerlo, eliminaremos medianas y jardines creados recientemente y derribaremos polideportivos y guarderías construidas al amparo de esas subvenciones antes de que sepamos objetivamente si han sido un acierto o no sus obras. Y eso, me temo, es la política.

Mientras tanto…

Mientras tanto, quienes somos técnicos y trabajamos, de una forma u otra, a las órdenes de esa decadente clase política en tantos niveles, seguiremos cumpliendo, por respeto a nuestros superiores, con en el ejercicio de nuestras obligaciones profesionales, en contra incluso de nuestros propios principios técnicos y personales, dejando a un lado nuestra propia y fundamentada opinión técnica y haciendo nuestra terceras opiniones dándoles, incluso, las bases técnicas de las que carece la orden política.

Y en nuestro ser más privado, al llegar a nuestras casas, nos llevaremos las manos a la cabeza una y otra vez y buscaremos respirar con los nuestros ese aire limpio que nos permita regresar, al día siguiente, al mismo puesto de trabajo, con la obligación impuestas de sentirnos afortunados porque, al menos, tenemos ese trabajo.

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3 pensamientos en “Política, campañas, proyectos y el Plan E

  1. Pues yo creo que el Plan E fracasó por dos motivos. Primero, porque la crisis fue mucho mayor de lo esperado, y el estímulo se puede mantener unos meses pero no a largo plazo. Y segundo, porque se hizo de forma precipitada. Los ayuntamientos se vieron en una carrera de elaboración de proyectos para asegurar fondos, y todos quisieron acaparar la mayor cantidad posible de dinero, sin estudiar la utilidad de las obras. Al final, un montón de euros gastados en renovar aceras, y un estímulo que duró lo mismo que un soplido.

    • En primer lugar, gracias por tu comentario, Felipe.

      Y sí, ciertamente, hubo improvisación. Y mucha. Tuvo que haberla. Por definición. Gente que no estaba acostumbrada tuvo que trabajar ¡y todo! Pero, en cualquier caso, creo que el resultado de esa improvisación podría ser muy distinto en la medida en la que las decisiones fueran tomadas por técnicos que conocieran las necesidades reales del territorio en lugar de ser tomadas por políticos que conocen… conocen… por políticos.

      Y lo de las aceritas… Lo de las aceritas aceritas… En fin, Felipe, creo que esa es una de esas frases constantemente repetidas en política, que, no por ello, se convertirá en verdad. ¿Es que nadie se da cuenta que las infraestructuras urbanas están, por definición, debajo de las aceras y calzadas, y para su instalación y/o renovación es preciso demoler y reconstruir el pavimento de la superficie? Habrá de todo, evidentemente, casos de todo tipo, evidentemente, pero que solamente se han hecho aceritas lo veo una una barata falacia política interesada y vejatoria para técnicos con sentido común. Que los hay. Y, además, en lo que yo conozco, puedo asegurar que no eran proyectos de “aceritas” o para “plantar pinitos y bercitas” que dice una buena amiga al hablar de jardines…

  2. En la época del Plan E yo vivía en Milladoiro, y pude ver que la gran mayoría de obras realizadas consistieron en cambiar plaquetas de aceras, sin renovar las cañerías, desagües y conducciones que había debajo. Que está muy bien, y evidentemente se mejoró. Pero no creo que eso justificase el gasto. Seguro que había muchas otras obras mucho más necesarias y que habrían resultado más útiles.

    Pero claro, ante la llamada de “tengo dinero para darte”, la respuesta es “tú dame que luego ya veré qué hago”. En la mayoría de ayuntamientos se intentó coger tanto presupuesto como fuese posible, en muchos casos justificando reformas que no eran necesarias. Pero es que claro, no había tiempo de pararse a pensar realmente qué se podía hacer con ese dinero.

    Y con esto no culpo a los pobres técnicos que tuvieron que hacer esos proyectos a contrarreloj, válgame dios. Es al contrario, fue por culpa de los políticos insensatos que se hizo lo que se hizo. Porque la sensación que me queda, tres o cuatro años después, es que ese dinero se desaprovechó en su mayoría.

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